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dilluns, 19 d’agost de 2013

Una crisis, ¿al servicio de quién?

Tal vez en estos días de verano, en los que ceden las presiones y el estrés de la vida diaria, es el momento de reflexionar sobre algunos aspectos de esta crisis que hace ya cinco años que nos atenaza.

Hace unos días, me sorprendió oír en la radio a algunos economistas que comenzaban a señalar algo que resulta evidente al trasluz de la evolución que está tomando esta crisis, una crisis que es mucho más que el significado que esta palabra puede recoger: es un cambio de orden, estamos ante un nuevo orden.

Algunos apuntaron que era la oportunidad para un renacimiento del capitalismo, y quienes así lo consideraban, esperaban que este renacimiento se produjera sobre la base de una mejora del estado del Bienestar, del control de los mercados financieros, del estímulo de la economía basada en las nuevas tecnologías, etc...

¿Cuál es la realidad, si analizamos el origen de la crisis? Veamos, lo que está claro es que esta crisis es consecuencia del afán especulador de los mercados financieros que diseñan una estrategia que tiene como primer escalón favorecer la inversión/especulación sustentada en el crédito a bajo interés de las clases populares.

Una vez desarrollado este primer escalón, pasan al segundo que es declarar que este crecimiento basado en el endeudamiento es insostenible, y ello ha llevado a una situación de la deuda que genera una crisis económica.

El tercer escalón de la estrategia es que, para hacer frente a esta situación de endeudamiento excesivo, se retira el crédito y, simultaneamente, es necesario que las entidades bancarias que han sido instrumento de la estrategia y que se encuentran en un estado económico-financiero delicado, reciban ayudas del Estado para asegurar los depósitos de sus clientes y las acciones de los inversores. El Estado necesita, pues, o ingresar más vía impuestos o recortar gastos.

Y los estados, es decir, el poder político en lugar de hacer frente a los poderes/mercados financieros por la vía de generar más ingresos aumentando los impuestos a aquellos que más han ganado con la especulación, opta por recortar gasto en base a recortar prestaciones sociales, pensiones, inversión en educación, inversión en sanidad...

Es decir, hacen pagar a aquellos que, además de sorportar los costes de un endeudamiento fomentado desde las mismas entidades bancarias que ahora les reclaman, han de soportar el pago de la deuda que estas mismas entidades han contraído con los poderes financieros a través de los recortes de los servicios, de los sueldos, de las aumentos de jornadas laborales.

Todo en un contexto que justifica la transgresión de todas las leyes construidas tras muchos años de lucha de las clases trabajadoras.

Hoy, los contratos laborales, las indemnizaciones por despido, los horarios, todo es relativo y está al servicio de las necesidad de las empresas en un contexto de paro galopante y un clima de terror laboral.

Como contrapartida, los poderes financieros y las entidades bancarias, origen de la situación, siguen ganando y acumulando los beneficios en manos de unos pocos.

Que nadie se engañe, el final de esta túnel no es la recuperación del orden anterior, sino el nacimiento de un nuevo capitalismo con nuevas reglas que permite la generación de beneficios de una manera rápida y exponencial, con unos poderes políticos subordinados a las directrices de los mercados financieros.

Hace unos días, leí una frase que quiero parafrasear. Si alguien cree que este crecimiento exponencial de la economía finaciera es posible en un mundo de recursos finitos como nuestro planeta, está claro que o es un loco o un economista.

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